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La senda del triunfo
El Refugio Cristiano

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LA SENDA DEL TRIUNFO

Es muy fácil descender. Lo difícil es subir. Cuesta muy poco echarse a rodar por el barranco. No requiere ningún esfuerzo. Basta con dejarse ir, y lo más probable es que se llegue al fondo. Pero subir, ya es otra cosa. Requiere decisión, reserva de energías, preparación y una inquebrantable perseverancia. Así es en todos los aspectos de la existencia, en los planes que se hacen para el futuro, en las actividades por labrarse una situación mejor, por alcanzar el grado de educación a que se aspira, por conseguir, en fin, cualquiera de las tantas cosas que suelen constituir el anhelo de los seres humanos. Pero a ningún lado se llega, nada se alcanza, si se olvidan ciertos principios que son básicos e indispensables en la consecución de lo que se de sea.

Si esto es cierto en lo referente a las cosas que tienen que ver con la vida común y corriente, cuánto más lo es al referirse al carácter del hombre, que es una de las cosas más difíciles de conquistar. La perfección en el sentido absoluto no existe en el ser humano. Pero podemos buscar la ayuda del Todopoderoso a fin de ir superando poco a poco las mil y una cosas que debilitan la vida normal y espiritual y que nos impiden ser lo que deseamos ser, lo que sabemos que debemos ser, y sobre todo, lo que Dios espera que seamos.

Quien no encara el problema de sí mismo, de su superación y, dicho en una palabra, de su redención, y pasa por alto una serie de factores básicos para alcanzar el éxito, olvidando al Todopoderoso al no buscar su ayuda y bendición, con toda seguridad, luchará en vano. Los obstáculos le resultarán invencibles y terminará por seguir el camino del menor esfuerzo; es decir, se dejará deslizar por la pendiente que, aunque se ofrezca verde y tentadora, termina en un precipicio.

No conviene ignorar los principios que pueden conducirnos al éxito en la vida. De que los tomemos en cuenta o no dependerá nuestro éxito o nuestro fracaso. Mencionemos algunos de ellos, sólo los que el espacio nos permita abarcar.

En primer lugar, quien desee progresar en su vida espiritual y moral, debe proponerse un ideal que sea tan elevado como se pueda. Un ideal noble, generoso, libre de pequeñeces. Un ideal que cuente con la bendición del Todopoderoso.

Con frecuencia el ser humano se lanza a la conquista de algo de cuya obtención cree que dependen su bienestar y su felicidad. Puede ser la riqueza, el poder, la comodidad, el placer, o cualquier otra cosa similar. Pero todo esto, aunque tal vez por distintos caminos, desemboca en lo mismo: la infelicidad y el fracaso. Cuando se tiene un ideal noble, un ideal cristiano, se halla uno a salvo de caer en la tentación de buscar lo que sólo es pasajero y que no puede satisfacer más que los sentidos.

Dios está a nuestro lado, su poder nos acompaña y nuestro ideal es bandera que puede flamear a todos los vientos, y ondear bajo todos los cielos, porque siendo humano es divino y, porque carece de egoísmo, puede ser dirigido por el Todopoderoso.

Otro hecho fundamental en la consecución de nuestras aspiraciones nobles es reconocer que nosotros no lo podemos todo. Dependemos de los demás para muchas cosas.

Cuanto antes reconozcamos este hecho mucho mejor será para nosotros. Al reconocerlo aprendemos a relacionarnos con los demás de tal manera que nuestra actitud hacia ellos los mueva a facilitar nuestra marcha hacia arriba. Debemos reconocer que en nosotros hay muchas limitaciones.

Y si eso ocurre en las cosas comunes de la vida, debido a lo cual buscamos una mayor preparación mediante el estudio, mayor información, lectura, consejo adecuado, influencias favorables, etc., que nos facilitan el progreso, mucho más es verdad esto cuando se trata de nuestra superación espiritual. En este caso, el ser humano carece definitivamente de poder en sí mismo y depende por entero de Dios. Cuanto antes aprenda a buscar la divina voluntad en las fuentes en donde puede hallarla, esto es, en la Sagrada Escritura, en las palabras del Nazareno, más pronto asegurará el éxito de su marcha hacia arriba, hacia la eternidad.

Ya dijimos que el camino ascendente es difícil y requiere de nosotros una perseverancia sin límites. Sin paciencia, sin perseverancia, no podemos subir.
Recordemos que para llegar al fin del camino hay que recorrer metro tras metro, y kilómetro tras kilómetro sin que nos detengan las durezas de la ruta, ni los problemas y sufrimientos que salgan a nuestro encuentro.

El apóstol Pablo, que sabía mucho de estas cosas, con las palabras que escribe a los filipenses nos muestra cómo encaró el problema: "No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado de Cristo Jesús.
Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús" (Filipenses 3:13, 14). El apóstol reconoce no haber alcanzado la medida a la cual debía llegar. Pero eso, en lugar de ser para él un motivo de desánimo, era todo lo contrario, pues fortalecía su decisión de proseguir y extenderse hacia lo que estaba delante olvidando cualquier fracaso pasado. Lo que debía alcanzar era el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús, y nada podía impedirle el seguir en busca de lo que constituía el ideal más alto en su vida. Como el apóstol, nosotros debemos proseguir adelante sin desmayos, sin claudicaciones, para que un día podamos decir también: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:7, 8). Prosigamos en el camino del bien. No abandonemos la lucha aunque haya inconvenientes, aunque las dificultades sean tan duras que más de una vez rodemos por el camino. Ha dicho un escritor: "Debes convencerte de que es necesario rodar muchas veces cuando se sube. El secreto de subir no está en no caer, sino en no permanecer caído".

Cuenta la historia que Roberto Bruce fue coronado rey de Escocia en 1306 y reinó hasta 1370. Pero poco después de ser coronado, el rey de Inglaterra envió su ejército a luchar contra él. El resultado de esa guerra se mantuvo indeciso durante algún tiempo. Unas veces vencía Bruce; otras era vencido. Sin embargo, llegó a una situación en que pareció derrotado definitivamente y se vio obligado a refugiarse en uno de los tres islotes llamados Rathlin (Rathlin O'Birne) que se hallan mar adentro a unos dos kilómetros del Cabo Teelin.

Un día en que caminaba a través de la isla pensando en que su trono se había perdido para siempre, de pronto su vista cayó sobre una araña. La vio luchar mientras trataba de fijar su tela en la rama de un árbol. La vio fracasar seis veces hasta que por fin logró su objeto al intentarlo por séptima vez. Roberto Bruce, que también había fracasado seis veces, al ver cómo aquella araña en el séptimo intento lograba lo que se proponía, sintió que eso era un aviso del cielo. Y poco después abandonaba la isla para agrupar a su lado unos 300 hombres que le eran fieles. Con ellos desem-barcó en Carrick y a media noche sorprendió a la guarnición inglesa en el castillo de Turnberry. En seguida derrotó al conde de Gloucester y siguió triunfando hasta que reconquistó toda Escocia y con ello su trono. Por eso hasta hoy en Escocia es un crimen matar una araña. Aquel animalito le enseñó a Bruce a perseverar, a no continuar caído, sino a levantarse. Y esa es la lección de tenacidad que todos necesitamos.

Un niñito en Polonia quería ser pianista. Sus maestros del conservatorio al que asistía no vieron ningún futuro en él como artista y trataron de desanimarlo. Le aseguraron que sus dedos eran muy cortos para ser pianista. Trató entonces de aprender a tocar la trompeta, pero también lo desalentaron usando el mismo argumento. En fin, saltó de un instrumento a otro, hasta que por fin volvió al piano. Un día asistió a un concierto del famoso Rubinstein, y consiguió que este gran músico lo escuchara. Rubinstein lo animó a seguir y aquel niño le prometió practicar siete horas diarias. Llegó a ser el genio que conocemos con el nombre de Ignacio Paderewsky.

Le sobraba razón al apóstol Pablo para decir que era necesario proseguir, que había que continuar a pesar de las dificultades y de las luchas.

El Señor quiere que vivamos una vida digna, una vida que él pueda bendecir. Desea que alcancemos los blancos nobles por los cuales luchamos, pero también espera que frente a los problemas y a las dificultades que encontremos prosigamos adelante, a pesar de los prejuicios, a pesar de la influencia del medio ambiente, a pesar de cuanto se oponga. Porque, como decía Virgilio: "La constancia quebranta los muros más sólidos y vence los imposibles más colosales". No permitamos que el desaliento se adueñe de nosotros.

Por lo tanto, ofrecía en venta sus instrumentos de trabajo a quien estuviera dispuesto a pagar el precio justo. Expuso su terrible colección para que fuese revisada por los presuntos compradores y a cada cosa le puso su precio. Allí estaban la avaricia, el odio, los celos, la envidia, la sensualidad, la mentira, en fin, todas las cosas de que se vale el maligno. Pero, en un lugar aparte había un instrumento pequeñito que parecía muy insignificante y que tenía la forma de cuña. Además, se veía muy gastado, como si hubiera tenido mucho uso. Y, cosa curiosa, este pequeño instrumento tenía el precio más alto de todo lo que se vendía.

Un aspirante a diablo, de los que nunca faltan, preguntó qué instrumento era aquel. El tentador contestó: "Esto es el desánimo, el desaliento".

­Pero ¿por qué tratas de venderlo a un precio tan alto?
­Trato de venderlo a este precio porque es el instrumento más útil. Es el que más éxito me proporciona.

Es indudable que no lo vendió, porque todavía sigue usándolo. Bien lo sabemos, pues somos sus víctimas.

Amigo mío, que el desánimo nunca se adueñe de nosotros. A pesar de todo lo que tengamos que pasar, confiemos en Dios. Sigamos adelante con nuestra lucha hasta llegar a la victoria que el Todopoderoso quiere darnos. Recordemos siempre las palabras que se leen en la primera epístola de San Juan, que dicen: "porque todo aquello que es nacido de Dios vence al mundo: y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe" (1 S. Juan 5:4).